• Ivana Raschkovan

Jardín de infantes y aislamiento

La modalidad del jardín virtual es algo nuevo, y como en todo lo nuevo, tenemos más preguntas que respuestas.


La virtualidad aplicada al nivel inicial en este momento de pandemia no es una elección sino más bien una ortopedia. Es una de las respuestas que estamos ensayando frente al contexto de aislamiento obligatorio para cuidarnos entre todos y todas. En tanto no exista una vacuna o una terapéutica eficaz para el Covid-19, el distanciamiento físico es la mejor manera hasta ahora comprobada, para evitar los contagios y no colapsar los sistemas de salud, como ya ha sucedido en otros países del mundo.


Ahora bien, si hay algo que esta experiencia viene a corroborar (que un poco ya lo sabíamos), es que lo virtual no reemplaza el encuentro ni el contacto. Intenta recuperar algo de la pérdida de lo que significa estar con otros pero sin lograrlo en su totalidad, ni mucho menos. Porque lo virtual es otra escena, que nos exige reorganizar nuestras categorías simbólicas o bien construirlas de otro modo. Esas categorías deben ser reorganizadas, los pares binarios adentro-afuera, presencia-ausencia deben ser inscriptos o reinscriptos en esta otra dimensión. Si pensamos que los niños y las niñas en la primera infancia recién están empezando a construir esas categorías, no es llamativo que los encuentros por zoom, las videollamadas u otras plataformas virtuales de comunicación resulten complejas de apropiar o de inscribir en el territorio afectivo de la subjetividad.


En la virtualidad la presencia se da de otro modo, por eso para los niños y las niñas no resulta tan sencillo construir nuevos vínculos mediante la pantalla (incluso para muchos adultos y adultas tampoco). Es importante recordar que en esta etapa de la vida el tocar y el agarrar son los modos predilectos para conocer el mundo. Pero justamente en la pantalla, al otro no se lo puede agarrar ni tocar. Tal vez nos baste lo virtual, y no sin dificultades, para sostener algunos vínculos preexistentes; pero no debemos olvidar que cuando se implementó la cuarentena recién llevábamos dos semanas de clases, es decir, la mayoría de los chicos y las chicas estaban en plena adaptación y armado de lazos con los y las docentes.


Este contexto de aislamiento es absolutamente excepcional y de ninguna manera es la nueva normalidad; no son condiciones óptimas para los chicos y las chicas ni tampoco para los adultos y las adultas. Tanto los niños y las niñas, como las mamás y los papás, necesitamos del encuentro y del compartir cotidiano con otros para poder crecer y criar. Estamos intentando encontrarnos a través de la pantalla para no sentirnos tan solos ni tan lejos, pero ciertamente nos extrañamos y mucho.


Muchas veces me preguntan qué efectos va a producir esta cuarentena en los niños y las niñas. La verdad es que no lo sabemos con seguridad porque nunca antes lo hemos vivido y tampoco podemos hacer futurología. De lo que sí podemos estar seguros es que permanecer tantos meses lejos de nuestros afectos y encerrados en nuestras casas por miedo a enfermarnos, no es sin consecuencias. Ninguno de nosotros vamos a olvidarnos de este otoño-invierno de encierro. Sin duda va a dejar una marca en cada uno de nosotros y nosotras, y por supuesto también dejará huellas en nuestros hijos e hijas.


Sabemos que no es tarea sencilla para las y los docentes cautivar el interés de los chicos y las chicas a través de la pantalla o lograr a través de los juegos motivar y causar el deseo de aprender (muchas veces al mismo tiempo que están criando a sus propios hijos e hijas en su casa y sin ayuda). Reconocemos la enorme tarea que recae sobre ellos y ellas en este contexto, menudo desafío se les ha presentado. A todas las maestras y los maestros va nuestro más profundo respeto, admiración y reconocimiento por el esfuerzo que están haciendo.


A su vez las madres y los padres también experimentamos la presión de tener que criar de manera ininterrumpida y sin nuestras redes habituales de sostén. Claramente no son las condiciones óptimas ni para la educación ni para la crianza. Los niños y las niñas precisan pares, estar con otros y otras, aire libre, sus espacios y agentes habituales de subjetivación.

No es casual la cantidad de pibes y pibas desregulados por el encierro. El enojo, la tristeza, la frustración de muchos niños y niñas nos muestran que no la están pasando bien. Nosotros, los y las adultas tampoco. Estamos haciendo un esfuerzo enorme y también estamos desregulados. Alteraciones en el sueño, estados de ansiedad y de angustia, vivencias de frustración y de hartazgo, dan cuenta de que este modo de vivir no es el que nos hace sentir plenos ni por cerca.


Aún así, tenemos el desafío de seguir pensando modos de acompañarnos y de cuidarnos entre todas y todos, pero por sobre todo a las infancias. No todos los niños y las niñas necesitan lo mismo. No todos tienen los mismos recursos para metabolizar esta situación de alto potencial traumatogénico que estamos atravesando. Algunos niños y niñas están transitando (mal llamadas) “regresiones”, que son retornos a etapas madurativas previas: habían controlado esfínteres y vuelven a hacerse pis o caca, se habían descolechado y vuelven a la cama de mamá y papá, dormían de corrido y ahora tienen varios despertares, se habían destetado y vuelven a pedir la teta, etc. Otros se muestran más enojados, con estallidos de llanto frecuentes o tienen pesadillas. Son todas escenas cotidianas que estamos observando los psicólogos y los pediatras en los consultorios, que no son ni más ni menos que reacciones esperables para este contexto que estamos experimentando.


Por todo esto es fundamental seguir ensayando estrategias para preservarnos, para más que nunca cuidar a quienes cuidan, desde las escuelas, desde los equipos de salud, para acompañar a los niños y las niñas en todas las emociones que este contexto moviliza. El jardín de infantes es un espacio de socialización y de subjetivación privilegiado en la primera infancia, por este motivo no puede quedarse al margen de esta función.

Sin dudas este momento crítico es una oportunidad para seguir tejiendo redes y fortalecer los puentes entre la familia y la escuela. Privilegiar los vínculos y las emociones pareciera ser más urgente y prioritario que llegar a dar la totalidad de la currícula planificada para el año lectivo. Para ello es esencial formar equipos entre las instituciones educativas y las familias como acompañantes de los procesos de aprendizaje y subjetivación. Probablemente cambien un poco los contenidos de esos aprendizajes, tal vez la casa se convierta en un taller de ciencias o de experimentos, o quizás sean aprendizajes más ligados a lo doméstico que a lo académico, pero no por ello serán menos valiosos ni de menor utilidad en la vida. Hoy más que nunca debemos reivindicar la importancia del jugar y de los vínculos en los procesos de aprendizaje.

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