• Ivana Raschkovan

Las pantallas no reemplazan el contacto con otro ser humano


Es una realidad que miles de millones de personas que habitamos en este planeta vivimos cotidianamente rodeadas de pantallas (televisores, tablets, celulares, computadoras, etc.) y por supuesto los niños y las niñas de esta época no escapan a esta constante oferta de estímulos. Hoy ver películas, series o dibujitos animados no se circunscribe a la televisión o el cine sino que están las veinticuatro horas del día al alcance de un simple click y gracias a las conexiones inalámbricas, se pueden ver prácticamente desde cualquier lugar y en cualquier horario.

A esta ilimitada disponibilidad de las pantallas, que ofrece continuo acceso a un sinfín de aparatos tecnológicos poderosamente atractivos, se le entrecruza un escenario bastante preocupante. Los niños y las niñas nos ven a los adultos fascinados ante nuestros celulares, hipnotizados frente a la computadora o sumergidos atentamente en nuestra serie favorita. Pero ¿qué efectos tienen las pantallas en el desarrollo emocional de los niños y niñas? ¿Qué marcas subjetivas imprimen las nuevas tecnologías en la constitución de su aparato psíquico?

Si bien es cierto que la tecnología puede brindarnos numerosas herramientas que mejoran nuestra calidad de vida, conectarnos con personas que se encuentran en cualquier parte del planeta y nos ofrece un infinito caudal de entretenimiento al alcance de la mano, es preciso que nos hagamos algunas preguntas acerca de su utilización por parte de los niños y niñas.


¿Puede la pantalla reemplazar la presencia humana?


En primer lugar debemos precisar que la pantalla no educa y sobre todo, no cuida. Tal vez un chico más grande o un adulto puedan adquirir algún conocimiento a través de un tutorial de youtube o de un video, pero nunca una computadora va a poder equiparar la calidad de la interacción con otro ser humano. Es decir, puede llegar a enseñar conocimientos que resulten valiosos en términos de contenidos, pero nunca podría criar a un niño. En el desarrollo del niño no se trata sólo de lo aprende sino y por sobre todo, de cómo lo aprende. La sensibilidad, la disponibilidad, la adaptación activa que necesitan un bebé o un niño nunca podrían ser brindadas por una máquina.

Los niños y las niñas necesitan interacción verdadera y de calidad, contacto, respuesta sensible, reacción de otro semejante donde todos los sentidos intervengan. La constitución de la subjetividad no puede llevarse a cabo frente a una computadora o una tablet, simplemente porque son artefactos que responden en un lenguaje de algoritmos, que claramente no es el de las emociones y del contacto físico.

Es alarmante la cantidad de consultas que nos llegan a los psicólogos en la actualidad, de niños y niñas que hablan en lenguaje neutro, que en lugar de haber adquirido su lengua materna, se han apropiado del lenguaje que escuchan salir de las pantallas. El vínculo con la mamá, el papá, los hermanos, los abuelos y cuidadores, capaz de brindar las condiciones ambientales para la constitución del aparato psíquico y para un desarrollo madurativo saludable, modela las relaciones del niño con el mundo y no es factible de ser reemplazado por un dispositivo.

La tecnología envía estímulos excitatorios pero a diferencia de las personas, no dispone de elementos que propicien calma y regulación. Una mamá también estimula a su bebé cuando lo mira, lo acaricia o le canta, pero al mismo tiempo posee la capacidad de brindar fuentes calmantes y regulatorias de esa excitación. Con una pantalla no puede haber verdadera interacción, no hay regulación ni intercambio emocional; el dispositivo no puede brindar respuestas sensibles, consuelo ni disponibilidad.

El chupete electrónico o la niñera electrónica son una trampa contemporánea. A veces escucho a los padres decir que le ofrecen la pantalla a los niños para que se tranquilicen. Pero un niño pequeño cuando se queda quieto frente a la pantalla, no está concentrado sino que está capturado por el exceso de estímulos. Sabemos que lo propio de la infancia es el movimiento; los niños y las niñas son inquietos y ruidosos por naturaleza. Pero ¿qué sucede con esta necesidad de movimiento mientras están inmóviles frente a estos dispositivos? La necesidad de movimiento no desaparece sino que queda postergada. Toda la excitación que el niño recibe pasivamente sumado al tiempo en que su cuerpo permanece inactivo, deberá ser descargado de alguna manera. No nos sorprende entonces que hoy en día existan tantos niños y niñas con diagnósticos como el ADD o ADHD (déficit de atención con o sin hiperactividad, por sus siglas en inglés) y que luego son medicados para apaciguar sus síntomas. ¿Esta es la infancia que queremos como sociedad, hiperestimulada y controlada por medicación?


¿Qué estaría haciendo si no estaría frente a un dispositivo?


El tiempo que un niño está frente a un dispositivo no está jugando, explorando, descubriendo el mundo y muy probablemente, tampoco esté interactuando con sí mismo (imaginando, pensando o fantaseando) ni con otros. Es necesario que los adultos brindemos la regulación que la tecnología no puede brindar, ofreciendo contacto de calidad a los niños y niñas no mediada por celulares ni pantallas de cualquier tipo; tiempos de juego, de diálogo, de miradas, de abrazos, de risas, de caricias.

Para ello es necesario que limitemos el tiempo de los niños y las niñas frente a los medios digitales y también el nuestro cuando estamos con ellos. Ya que los dispositivos, por más sofisticados que sean, no pueden brindar la interacción sensible que puede ofrecer un ser humano.

Los estudios actuales sobre el uso de tecnología en la primera infancia recomiendan evitar completamente el consumo de dispositivos electrónicos en niños menores de dos años. A partir de los dos años sugieren intentar postergarlo y reducirlo a lo mínimo posible.

Es importante que los niños y las niñas no tengan acceso ilimitado a los dispositivos tecnológicos, sino que siempre esté regulado por un adulto (mamá, papá, abuelo, cuidador, etc.). Se trata sobre todo, de que no interfieran en momentos de encuentro familiar como por ejemplo las comidas, en horarios de descanso o antes de ir dormir.

Es recomendable que a los niños, si van a utilizar dispositivos electrónicos, se les proporcione contenidos de calidad como dibujos animados, películas infantiles o juegos pensados y adaptados especialmente para su edad, en lo posible, sin comerciales ni publicidades que promuevan el consumo. Es fundamental que los padres supervisen el contenido de lo que el niño está viendo y si se puede, acompañarlo durante ese momento para facilitar el procesamiento de la información que recibe del dispositivo, comentar lo que están viendo y fomentar una interpretación crítica.

Es esencial que los adultos seamos coherentes y demos el ejemplo haciendo nosotros mismos un uso regulado y responsable de los dispositivos tecnológicos; no debemos olvidar que la forma más simple del aprendizaje es la imitación. Si mamá y papá no pueden estar en casa sin encender el televisor (aunque esté de fondo y no le estén prestando atención) o mirando constantemente la pantalla de su celular, lo más probable es que el niño aprenda a hacer lo mismo.

El consumo de tecnología en la primera infancia no es un alimento saludable para el cerebro en desarrollo del niño, de la misma manera que las golosinas no son un buen alimento para el organismo. En general las familias no suelen prohibir a los niños que consuman golosinas pero tampoco permiten que sea su alimento principal. De la misma manera, las pantallas son un entretenimiento pero no son el mejor nutriente para un pequeño en crecimiento ya que el tiempo que pase frente a ellas será un momento en que no estará explorando, imaginando o interactuando con otra persona. El aburrimiento no es en absoluto algo negativo, sino todo lo contrario, es un momento decisivo y condición necesaria para la creación y el desarrollo de la imaginación.

No se trata de demonizar a la tecnología ni de adorar un tiempo entrañado y perdido cuando ésta no existía. Sino de poder pensar y reflexionar acerca de un uso responsable, regulado y sobre todo adaptado a los niños y a las niñas de hoy.

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© 2019 por Ivana Raschkovan.